jueves, 14 de abril de 2011

Este martes, 12 de abril, Rakú en el IES Ben Arabí


El rakú es una técnica de cerámica, que consiste en la cocción de piezas
con esmaltes mediante una secuencia de atmósferas de oxidación reducción
en un corto espacio temporal. Esta técnica, de origen coreano, fue apropiada
por los japoneses en el siglo XIV.
Su nombre procede de las primeras familias que lo adoptaron y significa
suerte. La prontitud y accesibilidad de factura permite que se realice en
fiestas y eventos donde los asistentes pueden elaborar sus productos
personalmente. Rakú significa también diversión, y es que es una actividad
dinámica y estimulante, algo mágica en sí misma, donde lo casual es tan
importante como lo que se controla y domina.

Cuando el recuerdo es la vida.
(Fragmento).
Ilustración a la novela "Tierra, tierra",
de SÁNDOR MÁRAI.

lunes, 4 de abril de 2011

RELATOS DE LA EXTRAÑEZA. Ella lloraba.



Lloraba y no era una rabieta, sentía el abismo al que se asomaba, y lloraba de miedo. No había nada que decir, porque yo sentía lo mismo. No existe el consuelo cuando la consciencia está tan presente. Era tan cálido el día..., el sol brillaba sin paliativos, la primavera se anunciaba y, sin embargo, una nube negra era lo único que tenía delante.



Y es que Mira no se encontraba, algo extraño ocurría que no llegaba a reconocer, desde que se levantó esa mañana, todo a su alrededor parecía seguir como siempre, pero algo había cambiado, tan esencial que, aún sin descubrirlo, hacía que ese mínimo cambio ignorado convirtiera su mundo en un entorno ajeno.



Cuando despertó, una ligera molestia en el cuello, un sordo malestar, le hizo pensar que no había conseguido dormir bien. Esa podría ser la razón de aquella sensación, como cuando se ha dejado algo importante por hacer y no podemos recordar qué es. De todas formas esto era diferente, ahora lo que no encontraba era ella misma. Y esta idea de pérdida la dejaba tan bloqueada y exhausta, que lo único que era capaz de hacer era llorar. Su mundo, su vida anterior había desaparecido bajo sus pies y ahora, ¿Cuál era el suelo que pisaba?

RELATOS DE LA EXTRAÑEZA. La luz.



La vi. Era blanca, intensa y a la vez difusa como procedente de una niebla y me iba envolviendo, me atraía como un fórceps que me extrajera de la obscuridad. De algún modo, esa extraña luz me llamaba, era lo único que existía a mi alrededor, aparte, claro, de otras personas, que calladas, también como yo, la miraban y caminaban hacia ella. Así, tal como nos acercábamos, una misteriosa felicidad nos inundaba.

Cuando abrí los ojos, estaba en mi cama, era por la mañana y el despertador no dejaba de sonar, con su zumbido estridente y molesto, insolente. Pero yo no reconocía lo que me rodeaba, a pesar de que todo parecía igual, como una copia del original, no sabía en dónde estaba aquello que había cambiado... No era una pesadilla... si no un sueño, quizás, una sensación desconocida.

La luz al fondo de la obscuridad que había visto en ese sueño... podría deberse más a mi deseo de abandonarme que a mi propio estado físico, esa experiencia que describen los que han llegado a estar casi muertos era lo que había sentido, pero yo estaba sana. La razón del porqué deseaba huir de la realidad me resultaba por completo desconocida.

domingo, 20 de marzo de 2011

LA PALOMA.



Una mujer conocí un día sin nada especial, ya era mayor, andaba con su soledad a pasos lentos, nada que esperar, nada por vivir. El arrastrar de sus días no abría puertas ni expectativas. Sus zapatillas ajadas se quejaban de un destino descolorido y sin amor y quién sabe si se dolían aún más que sus propios pies. Una vida macilenta y gris. Me crucé con ella por la calle y nunca había reparado en su presencia aunque era de mi barrio.


Esa mañana, se encontró una paloma herida y enferma, como ella misma, sintió que ese animal desvalido era su otro yo, la tomó entre sus manos, descubrió su pata malformada por los hilos que la amputaban. Su doloroso caminar le pareció menor que su inmensa pena. La llevó a una clínica veterinaria cercana y la cuidó hasta que su curación le permitió recuperar el vuelo.


Le abrió la ventana de la cocina donde la alojaba conviviendo con el saco de patatas y la botella del aceite medio vacía, en medio de la precariedad de su hogar. La paloma voló y después de pequeñas evoluciones se posó tímidamente sobre el mismo alféizar. Intentó un segundo vuelo, esta vez más largo y bajó al suelo posteriormente. La mujer pensó que había ayudado a un ser, querido ya para ella, a recuperar la libertad. Se sintió reconfortada.


Cuando bajó a la calle, reconoció a la paloma entre las otras y se alegró, al parecer ya no estaba sola, su recobrada movilidad le había posibilitado una conducta socialmente satisfactoria y ahora era una más entre todas.


La paloma la vió y la siguió... pero, extrañamente, aunque sus pasos ya eran más ágiles la seguían en su lento deambular, ella se preguntaba ¿Qué querrá ahora ésta? Parecía burlarse de los torpes ademanes de la mujer. Entró en una tienda y la paloma con un pequeño saltito fue tras ella, la miraba con su ojo negro remarcado en blanco con un gesto interrogante estirando el cuello mientras inclinaba la cabeza.


De vuelta a su casa la paloma aún la seguía, le picaba suavemente la zapatilla cuando se paraba, iba de un lado a otro trantando de demorar su caminar para no dejarla sola. Así llegaron al portal.


Unos días después nadie había visto a la mujer en el barrio.

Los vecinos alarmados por su desaparición y dado que no tenía familia allegada llamaron a la policía, un fuerte hedor hacía sospechar lo peor. Cuando entraron, la mujer yacía en el suelo entre un charco de leche con un brik cerca.


La paloma, posada en una de sus manos, esperaba.


M.J.

22 de enero de 2011.

lunes, 21 de febrero de 2011

DESIERTO


Era difícil encontrar el camino. La luz cegadora y el calor arrasaban aquel lugar. Ellos no lo sabían aún, pero ya estaban perdidos. Ante sus ojos, por encima de la tierra agreste, se alzaba una cortina invisible que ondulaba el paisaje con suavidad como cuando se acerca la marea de los recuerdos lejanos. Todo a su alrededor era semejante: piedra y tierra. ¿Dónde estaban ahora? Creían que debían encaminarse hacia el norte, siguiendo sus propias sombras bajo ese sol implacable. Pero todo era ya inútil. El puesto más cercano no se vislumbraba y cualquier signo de vegetación era insuficiente para refugiarse de la amenaza de la insolación y la muerte.

Por fin encontraron un caminante desaliñado que apareció sin saber cómo ni de dónde y siguió su ruta cerca de ellos sin apenas inmutarse, tal como si deambulara entre miles de personas en Trafalgar Square, pasó junto a ellos sin mirarlos, sin la más pequeña señal de atención, ni un saludo con la mano, ni un tic de incomodidad. Y le siguieron, ya que, aparentemente, sabía hacia donde se dirigía. Este hombre insólito tampoco se preocupó por los que le seguían recubiertos de lujosos harapos, “burgueses de Calais”, no parecía importarle que fueran a su espalda, como si él fuera su única salvación, sumisos a que él, un extraño, decidiera su destino en aquel infierno.

Pero, la apriencia extraordinariamente segura, febril y obstinada, del hombre que fue su brújula en ese último día no fue más que otro espejismo, otro efecto del sol, que con su luz blanca quemaba el cerebro y las ideas aún antes que la piel. Enloquecido, estaba muerto antes de caer.

--
M.J.

lunes, 17 de enero de 2011

CAMIONEROS.

CAMIONEROS.

Les gustaba pasear por el barrio arrastrando camiones de juguete, con su ya avanzaba adolescencia cercana a los diecisiete, llevaban esos grandes vehículos de plástico como ampliados a su escala, tiraban de ellos a través de un hilo haciendo que atravesaran el asfalto, las piedras de la cuneta y hasta la tierra acumulada bajo los bordillos. Iban por una calle, otro día los veía en otra diferente. Como niños eternos encontraban la satisfacción de un trabajo bien hecho en su transporte de un camión desvencijado y casi muerto con el faro caído y una rueda rota. Despeinados y mal vestidos... eran los camioneros más vocacionales que he conocido. Dos chicos de semblante feliz, que parecían encarnar alguna esencia especial e inocente.
Hace tiempo que no los veo.

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