jueves, 23 de mayo de 2019

El galo moribundo.

Quizás no hubiera nada de extraño en aquella forma de mirar.
Es posible que todos tengamos ese nudo en el estómago
que se puede ver en nuestros ojos, esa tristeza de la ausencia.

Recuerdo aquellos ojos que amargamente sonreían,
como galo  moribundo, que no desea lo que siente,
que siente que muere lentamente mientras aún está aquí.

Recuerdo el miedo en los ojos ocultando la verdad, la sonrisa
velada en los labios, las palabras no pronunciadas.
La voz enmudecida o queda por ese abismo de realidad.

La boca seca de temor y un no saber hasta cuándo y hasta dónde.
El deseo y el miedo de ser absorbido por el vacío estremecedor
de la muerte, de la soledad más hiriente, y aún así seguir presente.

El deber de seguir hacia delante como un autómata imperecedero
sin imágenes que recordar, sin nada más que sentir
que el sabor ácido que muestra en ese rictus indescriptible.

Y unos ojos que suplican ayuda mientras parecen sonreír desde
lo más profundo, y él con la cuerda alrededor del cuello
como una sentencia que espera el último golpe para ser cumplida.


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