domingo, 8 de diciembre de 2013

Quebranto


I
Un día de junio. Ya eran las cinco de la tarde. En un bar, mientras tomaban té, ella corregía exámenes, deprisa, no tenía tiempo. Él escribía notas en una libreta, pensativo. Algo en su mente quería salir hacía días pero no encontraba las palabras. Así, de repente, como quien sale al ruedo con el estoque, conociendo tan sólo que ése era su destino, dijo por fin: Anoche te dije que me encontraba mal, que la casa se me venía encima, pero tú, como siempre, te dormiste.
Ella le explicó en su defensa que estaba muy cansada la noche anterior, que necesitaba terminar el trabajo y que había cosas que se podían hablar después... Él prosiguió: Pero lo que quería decir es que ya no te quiero, que no quiero seguir viviendo contigo. (Ella)  Sintió que todo en su cuerpo se descomponía orgánicamente, sus células se movían dolorosamente vaticinando una mudanza forzosa, sólo acertó a arguir que la noche anterior había creído que él, su marido, estaba mal consigo mismo, que no hablaba de los dos. Ésto lo cambiaba todo. No tuvo palabras. Unas lágrimas rebosaban por sus párpados sin que pudiese evitarlo, se deslizaban por sus pómulos imparables, por sus mudas comisuras como las de una estatua de hielo y arrasaban toda una vida juntos. El rostro rígido, contrito por el dolor, era testigo de una condena, en un juicio sin defensa, y ya imaginaba su propia ejecución. Creyéndose inocente de cualquier acusación, intentaba, aún así, descubrir una falta, una demora, una ausencia, para entender.
Recogieron a su hijo, que ya salía de su clase particular, y lo llevaron a casa, aparentando la normalidad más cotidiana en el día más duro de sus vidas hasta entonces. Él quiso sacar al perro a pasear, recurso ya habitual en él, como una válvula que conseguía tranquilizarle, porque en la soledad de aquel abrupto paisaje, con la única compañía de ese animal con quien había compartido sus desvelos, se sentía él mismo. En la casa todo era ella, o al menos así lo sentía, todo le oprimía. Y ahora que se había abierto esa compuerta ya no podía controlar el sentimiento que hacía tiempo no le dejaba dormir.
Ella tampoco se quedó en casa, salió sin rumbo a caminar por esas calles de sol enemigo, buscando refugio en su soledad herida. Sólo intentaba seguir respirando unos minutos más, aunque no sabía cómo aún estaba en pie después de aquel rayo que la sacudió para cambiarlo todo en un minuto. La casa toda entera le hablaba de él, de los años de decisiones y de amor más sentido que manifestado. Ella siempre había creído que compartían todo y a pesar de que últimamente hablaban poco de ellos se decía que esto era por esa sincronización patente que los unía. Ella no necesitaba contarle sus miedos más íntimos porque él los conocía y creía saber de los suyos. Pero esa tarde estar en casa era oír el eco de sus palabras en los muebles, que pertenecían a sus antepasados, de los proyectos que hicieron cuando tiempo atrás, entre los dos, diseñaban cómo reformarla, esa casa, que los acompañaría siempre. Pero juntos. Hizo una llamada por el móvil: Me pasó como a ti con tu mujer. Esta confesión la consoló, le proporcionó algo de fuerza para vivir una noche más. ¿Cómo podía ser ésto?¿Cómo habría ocurrido?¿Dónde habían quedado aquellos cimientos?
Aún podía luchar, proponer... suplicar. Él lo era todo: Podemos vender la casa, el piso, si no quieres vivir aquí... cambiar de ciudad, pedir traslado. La negativa a cualquier propuesta, con los ojos cerrados, moviendo la cabeza, debatiéndose, sin poder esgrimir otra razón que aquella ya pronunciada, ya no te quiero, contigo no, llegó en un oscuro parking. Él ya lo había consultado con sus amigos. Lo había pensado mucho y tomado la decisión. La primera gran decisión que tomaba sin ella era para huir inexorablemente.
Un poeta presentaba un libro, y ellos, al final, después de aquel lapsus de otra realidad, volvieron a discutir: ¿Y qué te han dicho ellos, tus amigos?. -Pues que adelante, pero que te voy a hacer mucho daño.
Ya en el coche, de vuelta a esa cárcel para ambos la ficción de la familia volvió a ser una función: la cena, los deberes, el café, la película, el sofá... Tú te has acostado con alguien, le decía ella en la intimidad de la alcoba transfigurada en una boca que la repelía de su útero maldito. Si había ocurrido algo así, no le importaría tanto, seguía siendo él mismo y lo quería. Pero él insistía: no había pasado eso, simplemente ya no, no la amaba. Pero no te preocupes que no me voy a ir aún. Fué una desconcertante afirmación que añadiría inseguridad y desorientación a la mujer. Que en esta circunstancia ya no se sentía con fuerzas para desplazarse a la gran ciudad y estar todo el largo y caluroso día allí realizando aquel examen que había previsto y él le advirtió: si no vas sólo conseguirás empeorar la situación.



II
Después de comer se sentaron en el salón intentando descansar, con la incómoda presencia del otro, sintiéndose mutuamente observados por un extraño. Él con los ojos entornados, desde su butaca verde, escuchaba a Bob Dylan. Era Dylan, era él mismo. Para ella también.
La mujer abandonando esta habitación, o toda esperanza, se fue a su dormitorio con la vana ilusión de poder zafarse de su mirada interior, pero desde allí todavía podía oír su música. Daba vueltas y el descanso no llegaba. Tenía que hablar de aquello: Ayer fui al psicólogo. Me dijo que hay terapias de pareja, y que a veces funcionan. Ella sintió miedo de las consecuencias que esta iniciativa podía desencadenar. Era consciente, atrozmente consciente, de que este impás no era bueno para lo único que quedaba. Con lo que acababa de decir se rompía el precario equilibrio que permanecía aún entre ellos. Eran dos luchadores en la cuerda floja y la cascada comenzó, la gota había caído y tras esta vendría todo el dolor. El abismo imparable llegaba sin encontrar el fondo.
Hay terapias Petia, pero también hay mujeres. ¿Cuántas mujeres? Una. Y se llama Carlota. Sí, y tú lo sabías, dijo él. Pero no era así, simplemente sintió una punzada de intuición que despejara una verdad velada hasta entonces. ¿Cómo es que me dijiste que no había nadie?¿Que no te habías acostado con nadie? Sólo quería protegerla a ella, pero eso era cierto, no nos hemos acostado. Simplemente ocurrió, nos enamoramos.
Petia intentaba asir todavía aquellos girones que quedaban y le decía ¿Qué tiene ella que no tenga yo? - Pues... tengo más cosas en común con ella que contigo.
Ellos siempre habían sabido todo el uno del otro. Los pensamientos de uno eran conocidos por el otro sin mediar palabra. Eso a mí me daba asco. No soportaba la rutina. Pero, bueno, si eres tú el que nunca quería salir. No, contigo no. A mí me hacía ilusión conocer tu reacción o tus pensamientos cuando sucedía algo a nuestro alrededor incluso antes que tú mismo. Tú te asqueabas, lo ignoraba.


III
La mujer recordaba situaciones de hacía meses que ahora veía con otra perspectiva.... incomprensibles antes empezaban a cobrar sentido.
Su marido mostraba una cara que había permanecido oculta. Como aquel día de la discusión del tabique, en que concluyó un tranquilo debate de meses, cuando ella insistía en quitarlo para unir habitaciones con evidentes ventajas, y él ya no tenía argumentos. Y llegó el último: el tabique o yo. Debía estar bromeando, pensó, mientras él pronunciaba estas palabras con una sonrisa  sus ojos la miraban a la cara tranquilos, riendo también. Quizás sea mejor dejarlo, dijo ella, prefiero no tirar el tabique, no cambiar nada, estar juntos con lo que tenemos.
Pero ahora todo era distinto. Sentados en el borde de la cama, en un momento después de discutir por toda la casa... en el sofá, en el umbral de la cocina, ahora él se iba y ella lo seguía..., acusaciones, reproches..., rutina.... y otra mujer... Todo estaba ahí como en una jaula, todo revoloteaba... En ese momento, en esa cama que ahora ya no les unía, él la tranquilizaba: pero no te preocupes, hay muchos hombres, tú eres fuerte. Quizás pensaba él que ella podría  tranquilizarse con aquellas palabras, hay muchos hombres, tú eres fuerte. Sin embargo ella no se sabía fuerte y no quería a ningún otro.
Después de la hoguera en aquel campo de su infancia llegaron a casa de nuevo. Por fin, en la noche de San Juan, ardió todo. Y sólo quedaron aquellos fantasmas que no la dejaban dormir. Todo el dolor y nada que decir y se acostaron. Cada uno en su lado, la cama era un océano y ellos dos extraños. Él le ofreció Orfidal: Ponte media debajo de la lengua, me lo han dado a mí y me funciona. Lo tomó, pero no podía, no se dormía, y escuchaba esa respiración caer como un hachazo cada vez. Esta violencia del destino era insoportable. Petia decidió irse al sofá, pero aún oía dormir al hombre de su vida en la habitación de al lado, es extraño. Se fue a otra, más lejos, cerró la puerta tras de sí, puso una música suave... Pablo Milanés cantaba, una luz tenue... y lentamente, después de unas horas, se durmió. Amanecía.
Una nueva vida empezaba con la mañana. Este dolor ya no sabía si era de muerte o nacimiento pero estaba allí, un dolor inmenso y lacerante..., angustia y vómito.


Cartagena, a veintitrés de agosto de dos mil diez,
Mª José Contador.

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