martes, 11 de enero de 2011

La casa (relato)

LA CASA.
Una mujer, joven, de unos cuarenta años. De complexión delgada pero no es deportista, sus músculos lacios anuncian su ánimo. Su pelo, medianamente rubio, deja asomar insolentes canas sobre su sien. Unos ojos oscuros de color indefinido, que hacen preguntas sin respuesta cuando te miran, están ahí, cansados de saberse grandes, preguntadores e impertinentes, sacando realidades que otros no quieren ver. Ojos no negros, son como una espiral que te absorbe hasta llegar a una verdad sin palabras, una verdad única, el oráculo que nos revela nuestro miedo jamás descubierto. Sus pestañas, largas como toldos al anochecer, atenúan la mirada incómoda de tan triste y sincera. Una boca de labios finos pero bien dibujados en el rostro, de perfil algo anguloso, su sinuosa comisura se muestra tranquila y aquietada. No decir nada es la última prescripción de la mente. Nada es la verdad más absoluta y es así cuando aún no hay sonido. La comisura, un labio sobre el otro suavemente descansando, asumiendo un destino fútil. Rodeada por la carne de las mejillas que es probable que comience a acusar la edad, contribuye con ellas a esa quietud del alma que los ojos anticiparon. El pelo, algo desordenado, trae resonancias de una alegría que otrora fue real.
Sentada en una butaca verde, en la penumbra de su casa, siente el silencio con que respira el edificio este mediodía de agosto. El calor la oprime, un peso que le impide tomar aire.
La casa, carcelero y refugio, se adueña de su mente y su cuerpo.
En estos días de sofocante calima, ella, como siempre, mantiene las persianas bajadas y las maderas de las ventanas cerradas para atesorar el frescor húmedo de la sombra. Allí, de esta manera, parece cobrar un suspiro de vida, y esa oscuridad diurna se convierte en su propia alma.
De la butaca al sofá, la mujer se tumba un rato. No tiene ganas de comer. La inactividad de su cuerpo se acrecienta paulatinamente. No piensa. Sólo siente la angustia de saber y el dolor de sus vísceras retorciéndose.
Oscurece, poco a poco cae la tarde, apenas entra luz y la rodean geométricas siluetas.
No hay movimiento alguno. Cierra los ojos. Así, sin abrir los labios, sin apenas sentirlo, exhala su último aliento. Y esta casa es su última morada.
Cartagena a veintinueve de marzo de dos mil diez.
Mª José Contador.
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