miércoles, 31 de agosto de 2011

El escritor perdido.

Ya era tarde, faltaba poco para que amaneciera y aún no había podido dormir. Mientras las primeras luces del alba comenzaban a aclarar el cuadro de cielo añil que veía desde su ventana se asomó un poco para ver la calle y había llovido, el agua sobre el asfalto reflejaba las luces de las farolas deponiendo su fuerza bajo un cielo más claro cada vez. Abrió y el olor a tierra mojada, que parecía traer experiencias de otras vidas y de otros lugares, ese olor a hojas descomponiéndose y a humedad, le provocó el casi instittivo impulso de bajar a pasear en la soledad cosmopolita de la ciudad dormida todavía.

El aire limpio, en ese momento de apariencia irreal, le hizo colocarse la gabardina ajada por los años porque aún hacía un `poco de frío. Se encendió un cigarrillo y, caminando bajo los árboles desnudos, cavilaba. Algo había cambiado en él. En los últimos días no había conseguido escribir ni pintar nada. Desconocía la razón de esta desgana, pero la ausencia de ideas le inquietaba. Debía hacer una entrega de su próximo trabajo, el editor le imprecaba con llamadas que él no contestaba. La exposición a la que se había comprometido tampoco marchaba. Estaba seco. Parecía que la poesía lo había abandonado. Su familia se había ido antes. Así que se había convertido en un cascarón vacío. Su vida cada vez era más simple, y sin embargo, se veía incapaz de gobernarla. La abulia que esta vacuidad le traía era poderosa y lo dominaba. Sólo tenía fuerza para respirar, dejarse llevar, seguir, a pesar de la angustia que había acudido a él sin preámbulos.

Caminando sin rumbo por las avenidas de la ciudad, con la cara y el pelo mojados por una fina lluvia que apenas se dejaba ver, llegó a las afueras, al extrarradio de naves industriales, solares vacíos que exhibían plantas salvajes supervivientes en aquel páramo, una carretera a lo lejos por la que circulaba ocasionalmente un coche de débiles luces que supuestamente se dirigía a algún polígono industrial... El sol apareció de súbito sobre el perfil de los tejados de las últimas naves y le recordó una señal, una voz de alarma que le decía “precaución”. La trayectoria de su existencia le hacía temer un peligro indefinido, velado, pero que percibía como un verdadero peso. Un final.

Desde las afueras, llegó andando hasta la orilla del río que atravesaba la ciudad,  la luz diurna más intensa y el ir y venir ágil de los primeros trabajadores en las angostas callejuelas de los barrios obreros lo tranquilizó. Era una nueva sensación, de normalidad, como el despertar de una pesadilla. Pensó que volvería a su apartamento, este día soleado le abría una esperanza, una renovada confianza en sí mismo, incluso tenía una incipiente y extraña sensación de felicidad.

Volvió a paso rápido por el camino hacia casa, una inusitada energía le invadía. Quizás este fuera el inicio de algo distinto. Un nuevo relato.

martes, 2 de agosto de 2011

Dos perros y una mujer.

Él era un hombre maduro, su vida se resumía al presente. Nunca se preocupaba por el mañana, ni tenía recuerdos precisos ni cuentas pendientes, el dolor por ellos lo había eliminado y era feliz. Quizás en aquel momento no tenía ya nada en qué pensar, sólo esperar. Esperaba el amor. El amor incuestionable de sus dos perros, Sara y Muso, que siempre le acompañaban sin pedir nada a cambio, salvo, a lo sumo, un paseo por las brisas marinas de la costa. Y el amor de una mujer que sólo existía en su mente, y a la que dedicaba poemas con gran fruición... poemas eróticos, cargados de pasión, envueltos finamente por las palabras que, fluyendo despacio, iban abriéndose lentamente para desprender poco a poco esa atmósfera de calidez más propia del sueño que de la consciencia. Entre estas nieblas de sopor fantástico se redimía del pasado y el futuro, con sus tres amores.


Crepúsculo. Mar Menor, 2009.
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