viernes, 23 de septiembre de 2011

Un mar entre extraños.



Alguien dijo "Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años".

Se encontraron en un hotel de magníficos salones, donde se desenvolvía con la soltura de quien está habituado a los espacios y al trato distante de sus habitantes ya familiares para él, sin embargo.

Tomó una caña, mientras le preguntaba cosas con curiosidad, con calma, con seguridad y absoluto dominio de la situación, como si aquello importara realmente, pero disfrutando el momento. Ella dudó si tomar té o una coca-cola. Sus ojos, en un tono que alguien podría describir como grisazul, la miraban sin atisbo de timidez ni quiebro. Y una sonrisa velada y amable, que sólo reflejaba la satisfacción de descubrir un nuevo paisaje desde la ventana de la propia casa, señoreaba en su semblante. Paisaje que, si bien le sorprendía, no le proporcionaba tampoco el efecto de asomarse a un abismo, como quizás él esperaba de este encuentro. No halló adrenalina, si no un sabor como a té matcha - el té de ceremonia-, indefinible, apenas sentido, pero, no obstante, extraño y largo.

Decidieron cambiar de escenario y como ya habían previsto fueron a una playa cercana. Él previamente se cambiaría. La ropa de oficina no era adecuada obviamente para la excursión. Ella le esperó en el nártex de aquella catedral de lujo y ocio. J.C. salió con su bolsa Samsonite y sus Ray Ban, hacia su auto, un BMW deportivo y todoterreno, como si ese coche fuera la prolongación de su ser.

Al llegar a aquella duna, que servía de parking habilitado tiempo atrás, domada para este uso, bajaron de los coches y fueron hacia la playa. Los comentarios propios de dos desconocidos eran los únicos que aparecían ahora, tanto como habían hablado, reído y bromeado por correo electrónico antes de verse. Él, que miraba hacia el horizonte del mar desde la misma orilla, le recordó a aquel Friedrich, “El paseante sobre un mar de niebla” (donde un hombre examina, de espaldas al observador del cuadro, el lejano infinito), y ella sentía como si escuchara su pensamiento... como si, en la soledad de las olas, le oyera pensar “¿qué hago yo aquí?”. Y se volvió hacia M. diciendo ¿no te inspira el mar? .Para ella esta situación era ya común, cada vez se veía más rodeada de extraños, pero había aprendido a aceptarlo, a convivir en esta sensación de íntima soledad que recorría el paso de sus días. Desde lejos llegaban los gritos de unos niños que jugaban en la rompiente. Y la marea, como la vida, seguía desvelando cada ola, cada segundo.

J.C. le había prometido ser totalmente transparente a partir de ahora, pero qué importaría ya si estas fuesen sus iniciales o no, si era de Chile o de Quebec con padres españoles, qué importaba ya si ella conseguiría sembrar sus obras con palabras de mar... Ya no volverían a hablar, la nube tampoco sería nunca más un lugar común.

Él había obtenido la respuesta aquella tarde de brisa. Las olas rebajaban la arena bajo sus pies.

Ella volvería a su silente existencia.
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