Hoy he leído en un libro de psicología, de esos que más que psicología contienen frases:
"El pez muerto es el único que nada a favor de la corriente. Proverbio alemán."
Me ha parecido interesante el mensaje, pero ¿realmente es eso así? Yo creo que no. A parte de que, entendido literalmente, el que muerto está ni nada, ... ... ni nada de nada.
Pero por qué es necesario plantar cara a los problemas y enfrentarse a la vida cuando en realidad muchas veces la solución más sencilla es dejarse llevar por la corriente, esperar el momento adecuado, aceptar, disfrutar lo poco o quizás lo mucho que encontremos allí donde nos lleve y explorar los nuevos espacios que la corriente nos presente.
El pez que va contracorriente puede que esté muy vivo pero el que nada a favor no tiene por qué estar muerto si no ser más inteligente a la hora de gestionar su vida y sus energías.
A partir de ahora me niego a seguir trepando río arriba. Buscaré aguas mansas.
En este lugar intento reflejar de forma espontánea y algo anárquica algunas de mis aficicones: las artes plásticas y la escritura. Todas estas manifestaciones son producto de expresión personal y propia.
sábado, 13 de julio de 2013
lunes, 24 de junio de 2013
Diario
Es casi la hora de amanecer y no quiero dormir.
No quiero que acabe el día.
No quiero que mañana comience otro.
De nuevo la tristeza se cierne sobre mí.
Esta noche extraña siento las náuseas de la soledad.
Desconozco el origen de este ánimo que ya no era mío.
Pero aquí estás desaliento, lágrima errante que acudes al contorno de mi ojo.
Sé de ti.
Aquí nos vemos, como esos grandes amigos sin secretos.
Nos encontramos después de un tiempo y parece que nunca nos separamos.
miércoles, 22 de mayo de 2013
Alma mía.
Mi cabeza..., la siento vacía, me duele la nuca, me duele el estómago, mi corazón está solo hoy. Me siento sola en este invierno que se instaló aquí, como en el jardín del gigante egoísta.
El alma dolosa, disfraza su pesar entre los recodos del cuerpo y decimos y sentimos que todo duele. Pero qué cuerpo no se quejaría cuando ella, a la que acoge y alberga, no deja de llorar. ¡Ay, alma llorona...!
Me duele hasta el alma de tanto penar mi cuerpo por su llanto. ¡Ay, alma llorona...!
Llegará la primavera y las rosas perderán sus espinas para que sientas su caricia y las margaritas te enviarán con sus pétalos amarillos los rayos de sol, alma mía. Las nubes te acunarán para que no llores más, alma mía.
No llores más.
El alma dolosa, disfraza su pesar entre los recodos del cuerpo y decimos y sentimos que todo duele. Pero qué cuerpo no se quejaría cuando ella, a la que acoge y alberga, no deja de llorar. ¡Ay, alma llorona...!
Me duele hasta el alma de tanto penar mi cuerpo por su llanto. ¡Ay, alma llorona...!
Llegará la primavera y las rosas perderán sus espinas para que sientas su caricia y las margaritas te enviarán con sus pétalos amarillos los rayos de sol, alma mía. Las nubes te acunarán para que no llores más, alma mía.
No llores más.
miércoles, 15 de mayo de 2013
Ciudad nocturna.
La noche me sorprende con luces amarillas, cielo negro y habitantes solitarios que deambulan en silencio. Frío de mayo. Las casas calladas encierran sus secretos a mi mirada. La ciudad es un león dormido, sólo un coche que se dirige con determinación hacia algún lugar inquieta su sueño. Y todo es tan cotidiano e irreal que siento que estoy viendo el sonido del diapasón en si bemol; el son del tiempo que se nos escapa.
La vida como la ciudad está ahí y yo, como el diminuto vehículo, transito sin dejar rastro, sin hacer ruido, sigilosamente, humilde, y aunque aparento consciencia del camino, tampoco sé hacia dónde voy.
Mañana, el día traerá fe en otra realidad de idas y venidas, aglomeraciones, prisas, retrasos, informes, y creeremos saber hacia dónde nos dirigimos, y cuál es el vector que nos lleva.
La vida como la ciudad está ahí y yo, como el diminuto vehículo, transito sin dejar rastro, sin hacer ruido, sigilosamente, humilde, y aunque aparento consciencia del camino, tampoco sé hacia dónde voy.
Mañana, el día traerá fe en otra realidad de idas y venidas, aglomeraciones, prisas, retrasos, informes, y creeremos saber hacia dónde nos dirigimos, y cuál es el vector que nos lleva.
jueves, 11 de abril de 2013
La otra.
Hace ya mucho que soy otra, muté, y cuando miro mi vida, a pesar de que nada de lo que veo a mi alrededor es nuevo, nada es igual a como lo conocía. Quizá ahora yo sea la auténtica y la que fui hace unos años era sólo una impostora que anidaba dentro de mí, es posible, pero cómo saberlo si a ella la he llevado conmigo tanto tiempo que no recuerdo, tanto que la creía yo misma y cuando me veo pienso en quien será ésta cuyo reflejo me interroga. Con qué hábil destreza se había adueñado de mí que la añoro tanto que detesto muchas veces a la que soy en realidad y me maldigo porque ahora ya no me habita esa que tanto amé, la que me suplantó tan dulcemente.
miércoles, 10 de abril de 2013
De repente, un extraño.
Irrumpes en mi vida, me destrozas y me dejas,
y me destrozas.
Creo demasiado, y espero, quiero, doy, renuncio, permito, me abandono.
Entonces te vas.
No queda nada.
Sólo silencio.
Formas abstractas
y sonidos de lejanas campanillas habitan ahora mi soledad.
Diapasón agudo de la muerte,
las campanillas, ese acúfeno que me persigue,
viene de nuevo
a llenar este vacío.
Falsas melodías de la nada,
llenan la noche temprana de mi vida.
El dolor de tan compacto y obtuso ya no lo siento.
Insensible mi alma se gangrena.
Sólo percibo el tiempo, que pasa,
tan lento, tan exhaustivo e implacable.
y me destrozas.
Creo demasiado, y espero, quiero, doy, renuncio, permito, me abandono.
Entonces te vas.
No queda nada.
Sólo silencio.
Formas abstractas
y sonidos de lejanas campanillas habitan ahora mi soledad.
Diapasón agudo de la muerte,
las campanillas, ese acúfeno que me persigue,
viene de nuevo
a llenar este vacío.
Falsas melodías de la nada,
llenan la noche temprana de mi vida.
El dolor de tan compacto y obtuso ya no lo siento.
Insensible mi alma se gangrena.
Sólo percibo el tiempo, que pasa,
tan lento, tan exhaustivo e implacable.
domingo, 31 de marzo de 2013
El juego del escondite.
El barrio que recuerdo de mi infancia no disponía de asfalto en las calles, y por supuesto tampoco había alcantarillado. Unas pequeñas canalizaciones se habían creado de forma natural por el centro de la calle por donde solía discurrir el agua, a veces no muy limpia o quizá todo lo contrario, que las mujeres derramaban cuando vaciaban con fuerza explosiva sus cubos de fregar. El tiempo seco del verano hacía que cuando se formaba algo de aire el polvo que levantaban los esporádicos coches que por allí se aventuraban se hiciera algo insoportable. Es posible que fuese esta la razón por la que las madres jóvenes acostumbraban a regar la puerta de sus casas con la manguera - las más apegadas a la tradición esparcían el agua a mano desde un balde, rociar, decían ellas - para sentarse después a vigilar el juego de las niñas en la calle polvorienta recién refrescada. Era frecuente por aquellos días el juego de la comba y el elástico, y ellas cantaban canciones de corro, casi rituales, rítmicas y repetitivas, siguiendo aquellos movimientos incomprensibles en su esencia para cualquier adulto, que todavía rememoro sin esfuerzo, casi espontáneamente.
Conforme caía la tarde se congregaba junto a ellas un buen grupo, todas ellas mujeres casadas, algunas ya viudas, abuelas también, y quizá alguna joven soltera cosiendo piezas de su ajuar, mientras las niñas jugaban a su alrededor. Los chicos jugaban corriendo calle arriba y abajo. Ellos preferían otros juegos, como el de policías y ladrones... Y en ocasiones unas, las niñas, y otros se ponían de acuerdo por un momento, se escondían unos y otros los buscaban, pero siempre eran los más pequeños los que eran encontrados antes, lo que parecía satisfacer mucho a los mayores. Se llamaba el escondite. El grupo de mujeres se entregaba a las labores que traían, ya fuera ganchillo o bordado, eso daba igual, y hablaban sin parar. Se contaban las noticias de la calle, y de todos los conocidos, se regocijaban de compartir esos secretos, de poder añadir detalles por nimios que fueran, de escudriñar cualquier situación nueva. En sus sillas y mecedoras tomaban el fresco con un oído en lo que se contaba y un ojo en las niñas que parecían habitar en otro mundo cuya comunicación fundamental se constituía de saltos y cánticos atávicos con los que ejecutaban sus complicados ejercicios.
Yo era una niña, pequeña para mi edad, menuda y delgada, intentaba participar en los juegos de mi hermana mayor y las vecinas, pero demasiado diferente en estatura para competir con las demás, así que sistemáticamente me quedaba mirándolas jugar, desde el portal en que me sentaba, cerca de mi madre. Pero es que deseaba con toda el alma estar con mi hermana, cuando venían sus amigas, y saber qué hacían, de qué hablaban, ir a comprar con ellas al puestecillo de chucherías de la plaza un cartucho de pipas... Cualquier cosa y todo. Y por mucho que lo intentaba era excluida, siempre.
Ahora sé que todos aquellos juegos no eran más que un ensayo del juego más difícil de todos. La ocultación, la exclusión, la competitividad, ganar y perder, disfrutar los triunfos, sufrir la diferencia. Vivir.
Pasaron los años y me marché de aquí con la alegría del que escapa a su destino. Después de muchos más años he vuelto, y oigo los ecos de nuestras voces en las calles, en las puertas tapiadas de las casas. En aquellas calles, a las que juraría tiempo atrás que nunca iba a volver, todo había cambiado: las calles asfaltadas, y alcantarillas en las esquinas, coches aparcados junto a las aceras. Ya no había niños y niñas jugando, ya no se veían mujeres bordando o haciendo ganchillo junto a los portales en la sombra vespertina de este verano del 2012. El progreso, los coches, el asfalto, el alcantarillado, tecnología del aire acondicionado, la comida rápida, los ajuares de ikea... se llevaron todo aquel mundo de labores y juegos en plena calle a la sombra del alero de nuestras casas en las calurosas tardes veraniegas. La lucha por la supervivencia, permanece.
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