jueves, 3 de enero de 2013

Prometeo.


Ahora sólo deseo que las horas
se muestren más propicias, que los fastos
demoren su presencia, porque otro
año más como éste puede acabar conmigo.
-De   "Nochevieja"-. Ángel Paniagua.


Tengo el cuerpo molido a soledades. Soy un animal buscando abrigo. Soy vulnerable a la intemperie y sin embargo sigo rodando como un guijarro cualquiera. Nada puede dañarme pero me siento débil.

Tengo el cuerpo molido a soledades. Soy un Prometeo, dolido y doliente, revivido y muriendo simultáneamente. Desde el fino cristal de mi aislamiento veo transcurrir mis horas eternas. Veo pasar vuestros días lentamente. Las tardes de ellos en la sombra fresca. La vida de los otros.

Me abandono a mí misma, ahí te quedas -me digo-. Y siento mi ausencia, esa angustia que me trepa el alma, pienso si es que quizá ya he muerto. Ese vacío, ese silencio. Sabor a hiel. Estoy todavía.

Cada año últimamente me pregunto si este será el que podrá conmigo, como diría el poeta. Y pronto empieza otro año, de nuevo. 


Y yo tengo el cuerpo molido a soledades.





                                                                                                   Dedicado  a Ángel Paniagua.



lunes, 3 de diciembre de 2012

Futuro.

Me siento.
Percibo mis músculos inmóviles, ese espacio que no existe mientras lo ocupo, la mirada torva hacia mi interior escudriñando el poso que desvele mi destino. Indagando sobre las tabas de un hueco insospechado. Quizá sólo quede el recuerdo de las gotas que se sujetan inopinadamente sobre el cristal. Del presente, los posos. Y después aquí seguiré preguntándome qué hay más allá, mañana y al otro.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Sueño

Las hojas que caían a mi alrededor me desnudaban del aire que me cubría, con una caricia de desapego, suavemente caían. Este leve cambio de mi entorno más cercano en aquella foresta me sobrecogía, entre el silencio otoñal del bosque maduro, susurros de hojas desprendiéndose, cayendo hacia su descomposición. Breves pinceladas ocreamarillo, amarillo pálido, se fundían plácidamente sobre una envolvente penumbra verdosa próxima a su ocaso. Sentía el musgo fresco bajo mis pies mientras flotaba en su aroma. Extendí mis brazos bajo aquella llovizna glauca, pálida, y la luminosa penumbra verde que salpicaba. Y calaba mis huesos, calaba mi alma. Y cambié, desperté.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Ínfimo, íntimo, último.

El día es un caleidoscopio de ideas, de emociones tan fugaces... Quién sabe en qué mirada  encontraremos esa armonía tan efímera como cambiante de formas, colores y articulaciones que se diría posee vida propia. Esa mirada que no es arrebatada, sustraída como por hechizo, es realmente la práctica de la docilidad ante la maravilla de cualquier mínimo fenómeno capaz de transformar un universo ínfimo o infinito.

Dolor

Muchas formas de dolor experimentamos... la mayoría de las veces es el mensaje de nuestra propia existencia.... El dolor que sin embargo muy humanamente intentamos eludir es la muestra de nuestra lucha por la supervivencia. Verdad es, también, que en ocasiones es tal la intensidad del mismo, y las más de carácter psicológico, que deseamos abandonar la batalla. Y es que el ser humano es la paradoja pura en su forma de enfrentar la existencia.

sábado, 2 de junio de 2012

Aquella señora.

Un día de primavera, en el jardín, estábamos recogiendo algunas rosas, disfrutábamos de la luz tan cálida y suave que nos bañaba con su caricia, esta era casi la única cosa urgente aquella mañana. Ella con su lento caminar deambulaba escorando aquí o allá, apoyándose en las cosas que encontraba a su paso. Tan familirializada estaba con sus limitaciones y las aceptaba que su carácter no se había endurecido con los años, si no quizá todo lo contrario... Debía tener dificultades para moverse en este espacio con sus estrechos senderos... pero amaba tanto el sol de su patio y mi compañía, que para ella esto era la felicidad... esos momentos de felicidad. Mi tita Antonia, así la llamaba yo, era una gran señora, en el aspecto más humano posible.

sábado, 24 de marzo de 2012

Se busca

Quise dejar de ser yo misma, enajenarme, huir de mi presente y de mi pasado y explorar otros futuros. Acariciar los rostros desconocidos, en las fotos de un día de primavera que no fuera mío y pensar aquéllas imágenes de mi infancia como un sueño eterno que no se me desvaneciera. Me imagino con mi cara, una cara que no conozco. Y me deconstruyo, me quito el pelo, me quito las cejas -que son lo más humano en unos ojos- me arranco las pestañas, me busco entre los pliegues de mi oreja, y modelo una nueva, querido señor Millaruelo. Ésta nunca más será testigo de tus sonidos de piano emergentes y vivaces, más que en el sueño. Aquel día en que junto a tu mujer tocabas el piano de cola de tu salón con olor a cera y a telas antiguas, a años de paciencia, y construías una arquitectura musical, espontánea y mágica, tus notas se elevaban y quedaron en esa nube ignota, sólo mía. Gloria, tu mujer, con sus ojos verdes de línea verde subrayados, te escuchaba allí como si sólo existierais tú y tu música. Recuerdo este momento, la campana llena de flores secas que me recibía a la entrada de tu puerta, y la bata de rosa inocente de ella, el sol se introducía por entre las densas cortinas como una órbita de minúsculos asteroides de polvo flotando en el aire de la tarde, que yo sólo acertaba a  intuir. Dijiste que te gustaban mis orejas. Años después, me arrepiento de ellas, de mis manos, de mis ojos, que tan poco han visto. De mis pies que hollaron otras muchas tierras y no dieron un paso en firme. Me arrepiento de mi cuerpo inútil, que sólo me sustenta. Y ahora, me pregunto qué me queda, sólo recuerdos, como el de aquella luz junto al aroma del té y las pastas bajo la sombra del adagio que saboreabas al final de tus días junto a Gloria, tu compañera, tu amante, y de tus dulces ojos con la mirada de un niño ilusionado. Y yo me busco en el lóbulo de aquel instante fugaz en que casi  fui otra yo.


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