sábado, 3 de abril de 2021

Ser una hormiga.

 Es difícil ser una hormiga, trabajo duro para un ser pequeño, pero una hormiga es infatigable.

Dentro de un hormiguero hay diferencias pero, una hormiga es una hormiga. La percepción del mundo a ras de suelo, pero siempre con la mirada puesta en un objetivo concreto, marca la vida aunque llevada por el trabajo cotidiano e incesante eres ignorante de la condición con la que naciste.

Una hormiga, eres eso tan sólo, una minúscula unidad más en el masivo refrendo del hormiguero. 

Lo mejor de ser una hormiga es que todas las hormigas tenemos una única y última función social, una función específica, una búsqueda concreta y un fin común. 

https://images.app.goo.gl/s19caDE6E3v6cTLA7

Al fin y al cabo, todas somos pequeñas y somos hormigas.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Vértigo

Río Moldava. Vista desde el Puente de Carlos. Praga. 2018.





Siento esa atracción asaz colmada
por el abismo, días vacíos
que vendrán ligeros de equipaje.
Falsas maletas llenas de nada.

Mis otras pérdidas olvidadas 
dejaron heridas, desvaríos,
de las que sólo queda el tatuaje.
Llega ahora la noche cerrada.

La noche anegada de silencio
con sordo e inmenso vocerío,
aunque intento un fútil homenaje,

me pregunto qué es este negocio,
por qué razón este espacio umbrío 
me espera al fin de tan largo estiaje.

El arte de perder. Elisabeth Bishop

Esta es la primera vez que co cmparto un texto que no haya escrito yo misma.

Un arte
No es difícil dominar el arte de perder:
tantas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas,
que su pérdida no es ningún desastre.

Perder alguna cosa cada día. Aceptar aturdirse por la pérdida
de las llaves de la puerta, de la hora malgastada.
No es difícil dominar el arte de perder.

Después practicar perder más lejos y más rápido:
los lugares, y los nombres, y dónde pretendías
viajar. Nada de todo esto te traerá desastre alguno.

He perdido el reloj de mi madre. Y, ¡mira!, voy por la última
—quizás por la penúltima— de tres casas amadas.
No es difícil dominar el arte de perder.

He perdido dos ciudades, las dos preciosas. Y, más vastos,
poseí algunos reinos, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.

Incluso habiéndote perdido a ti (tu voz bromeando, un gesto
que amo) no habré mentido. Por supuesto,
no es difícil dominar el arte de perder, por más que a veces
pueda parecernos (¡escríbelo!) un desastre. 


                                 *  *  *

Este poema con el que me he encontrado hoy por pura casualidad me ha producido una sensación de conexión profunda con su autora, Elizabeth Bishop, ya que lo más duro del hecho de vivir es el asumir las pérdidas. Por supuesto que también hay hallazgos, gratos o no, adversos o propicios, en nuestra vida pero son las pérdidas lo que solemos sentir como lo insuperable y sin embargo es aquello que más enseñanzas nos deja como persona, aprender a superar la pérdida de lo que se posee y que a veces no somos conscientes de que lo tenemos; los seres queridos cuya cercanía a veces no valoramos de forma suficiente, o el trabajo o simplemente la libertad individual...  Superar una pérdida es crecer, es hacernos más conscientes de lo que somos y sensibles a lo que de verdad importa.
Esta poeta merece una revisión por la cercanía y sinceridad tan ensencial, y por la profundidad de sus reflexiones.

domingo, 25 de octubre de 2020

Antonia

    Nací con un peso y estatura normales, pero cuando tenía unos días comía, o mejor dicho, mamaba tan poco que no ganaba peso y mi madre optó por la alimentación con Pelargón, una alimentación infantil de la época. Con cerca de un año mi madre me llevó al pediatra por esta razón. Al parecer mi estómago era pequeño como una ciruela. Imposible que comiera más. Ella pensó que difícilmente llegaría a la madurez. Fui más tarde al colegio que las otras niñas, tal era su compasión por mí. Con unos cuatro años, era una niña muy pequeña para mi edad y estaba sumamente delgada. 

     Mis padres comenzaron a dejarme en casa de unos familiares que vivían al lado. No tenían hijos y yo para ellos era más una diversión que una obligación. 

    El hombre era muy alto y ancho como un armario. Ella era bajita pero sufría de una severa obesidad, esto dificultaba sus movimientos, su caminar lento y fatigoso mostraba su esfuerzo por seguir adelante como una luchadora indómita que llevara sobre sí una carga que la condenaba a vivir con una capa exterior. Antonia era una mujer frágil a pesar de su fuerza de espíritu y volumen generoso.

    Vivir en su cuerpo fue algo a lo que tuvo que adaptarse como un capitán llevando él solo una gran nave, escorándose en la tormenta de su vida. 

    Antonia fue una mujer excepcional en todos los sentidos de su vida y fue una inspiracion en la mía. Ella fue mi alimento para el espíritu, una lección de vital que nunca olvidaré. 

    Gracias, donde quiera que estés.

Yo

Todo se mueve alrededor
nada es inmutable,
sólo yo sigo aquí.
Esta soy yo.

Soy un ser absoluto.



jueves, 23 de mayo de 2019

El galo moribundo.

https://es.wikipedia.org/wiki/G%C3%A1lata_moribundo















Quizás no hubiera nada de extraño en aquella forma de mirar.
Es posible que todos tengamos ese nudo en el estómago
que se puede ver en nuestros ojos, esa tristeza de la ausencia.

Recuerdo aquellos ojos que amargamente sonreían,
como galo  moribundo, que no desea lo que siente,
que siente que muere lentamente mientras aún está aquí.

Recuerdo el miedo en los ojos ocultando la verdad, la sonrisa
velada en los labios, las palabras no pronunciadas.
La voz enmudecida o queda por ese abismo de realidad.

La boca seca de temor y un no saber hasta cuándo y hasta dónde.
El deseo y el miedo de ser absorbido por el vacío estremecedor
de la muerte, de la soledad más hiriente, y aún así seguir presente.

El deber de seguir hacia delante como un autómata imperecedero
sin imágenes que recordar, sin nada más que sentir
que el sabor ácido que muestra en ese rictus indescriptible.

Y unos ojos que suplican ayuda mientras parecen sonreír desde
lo más profundo, y el torque como una cuerda alrededor del cuello
que fuera una sentencia en espera del último golpe para ser cumplida.


domingo, 29 de julio de 2018

Claroscuro: entre lo efímero y el mito

Acerca de la obra de Fátima Ruiz, fotografía.

Hace cosa de un mes se me encargó una reseña para la presentación de una joven artista. Fotógrafa, seguramente de nacimiento y por supuesto de vocación.

Narciso
Con gran emoción y muchísima ilusión por este encargo inesperado e inmerecido - ya que mi aproximación a su arte es la de una persona, ajena a la escritura y la crítica artística de una forma técnica, que se zambulle en en la contemplación del arte como mero observador y con la empatía que me otorga la dedicación a este mundo al menos en lo íntimo -, me puse manos a la obra, primero con el pensamiento, conscientemente y también en lo subconsciente, buscando no sólo la razón sino y sobre todo, las palabras que vienen a tu encuentro, que surgen del fondo de esa laguna de sensaciones que transmite una pieza artística cuando la observas dejándote ir por su interior.

Después de unos días de ese contacto con las obras de Fátima, deambulando como sombras fugaces y juguetonas por mi mente, me decidí a escribir.

Una mínima estructura de planteamiento: ya se sabe, introducción, desarrollo, conclusión. Y con un límite numérico en palabras para describir lo intangible.

Y tal como surgen las cosas de la creación, apareció el texto. Sintiéndome más un instrumento de mi yo más escurridizo y esquivo, surgió, palabra por palabra, y espero que a pesar de este método tan poco metódico de crítica o reseña, sirva aquí como introducción a una obra que, en realidad, no precisa ninguna.




CLAROSCURO: ENTRE LO EFÍMERO Y EL MITO.
Fátima Ruiz es una artista de la fotografía con una gran producción y de una madurez que sorprende por su juventud. Con una amplia cantidad de recursos recrea personajes y ambientes con la aparente facilidad del que respira.
Samori
Su obra habla por sí misma sin rechazar la herencia cultural occidental que forma parte del legado artístico que nos es propio, pues vemos reminiscencias de romanticismo literario, ubicado en la tradición neogótica: Poe, Blake, Polidori, M. Shelley, Bécquer, y del simbolismo pictórico revisitado con un tenebrismo cuyas influencias van desde Caravaggio hasta Goya. En esta línea destaca una obra que representa un rostro desgarrado, desposeído de materia, parafraseando al artista contemporáneo Nicola Samori (1977), un artista que explora este terreno expresivo en sus pinturas (con más distancia a F. Bacon en Inocencio X).
Venus del espejo
Este es un  arte fotográfico que en esencia se antepone a la época de la fotografía, buscando un lenguaje anterior al romanticismo, llevando sus temas más allá en el tiempo hasta el mismo barroco, con fuertes claroscuros donde a pesar de la extrema nitidez fotográfica  la ausencia de luz en grandes zonas nos obliga a recrear el entorno en el cual la imagen nos sumerge. Recordemos cómo en sus inicios el arte fotográfico, con el pictorialismo pretendía ser similar funcionalmente a la pintura del momento, impresionista, pero esta aproximación era tan sólo visual, ya que por otra parte la fotografía ya es técnicamente una “impresión”, una instantánea. El arte se retroalimentaba, pintura y fotografía y viceversa.

Les Fleurs du mal.

El concepto de tiempo que encontramos en la obra de Fátima está referido al tiempo representado, no al aspecto visual de temporalidad. En ocasiones es la eternidad o la mitología como parte de esa misma eternidad, mitos y leyendas que seguimos encontrando en la actualidad,  o la fugacidad, el “tempus fugit” (Valdés Leal). Un concepto, el del paso del tiempo - tema eterno del arte que fue una de las mayores preocupaciones artísticas del barroco- así como los mitos, que subyace en la muestra. La fugacidad de lo terrenal y los mitos siempre unidos: la muerte y la eternidad.

“Elogio de la sombra”*, referido a todo lo que queda de incierto en aquello que no alcanzamos a conocer. La sombra y la luz, cambiante, transformadora, efímera, nos invita a descubrir la realidad por sus volúmenes, por el tacto, buscando certezas donde la penumbra lo inunda todo.



En este nuevo “revival” del siglo XXI, el revisionismo de los clásicos más cercanos -que nos descubrieron los horrores del miedo y la locura (Goya) o el miedo a lo desconocido, a lo que no podemos ver o comprender (Bram Stocker)- es el material más vanguardista y atrevido que he visto en los últimos tiempos. Sencillamente brillante.




 *Debiéndole esta expresión a Junichiro Tanizaki, resulta, en un sentido occidental, muy apropiado en este trabajo.

(Este texto fue escrito a mediados de junio pero hasta ahora no he podido editarlo como se merece)


Todas las imágenes pertenecen a Fátima Ruiz Photography  y han sido cedidas por ella para esta publicación.


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